Miedo. Es la palabra que mejor describe nuestra vida. Y no sólo la mía o la tuya, la de todos. Miedo al que dirán, miedo al futuro. Miedo. Pero sobre todo miedo al final, miedo a la muerte. Dicen que es nuestro instinto, nuestra parte "salvaje". Pero si todo lo que hacemos es por un objetivo, ¿Vivimos para morir?¿No será la muerte el centro de la vida, entorno a lo que gira nuestra existencia?
Si el periodismo es el espejo del mundo, no cabe duda: efectivamente la vida gira en torno a la muerte. Es fácil observar la prensa y veremos que al menos la mitad de noticias hablan de "nuestra amiga": enfermedades, desastres naturales, homicidios (y un tristemente infinito etcétera) ¿Asumiremos inconscientemente estas informaciones a la vez que acrecentan nuestro miedo?
Podemos ver una clara relación de dependencia. En la economía por ejemplo, no se le reconoce su valor, pero su contribución es innegable ¿Cuantos millones generarán las industrias farmaceúticas y armamentística o los seguros?
Una de las causas de nuestra repulsa es claramente su tarjeta de presentación. ¿Qué pensaríamos de una persona desaliñada, con mal olor, sucia...? ¿Por qué no nos detendremos a conocerla? Miedo.
Vemos en la muerte la peor de las consecuecias de nuestros actos, siempre inducidos por nuestro instinto y la siempre presente herencia cultural. ¿Nos llevará hacia lo mejor para nosotros o sencillamente se hará eco de nuestro miedo adquirido hacia lo desconocido?
Así es la vida, la cosa más común y a la vez la más complicada. Podremos llegar a la Luna, vivir en Marte o curar el cáncer, pero nunca conseguiremos desenmascararla. Y siempre estará al lado de la muerte, como compañeras inseparables que se necesitan y complementan.
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